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Al arrepentimiento le debe seguir un cambio en el carácter, 19 de Diciembre


Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. Ezequiel 18:30. { SSJ 360.1; BLJ.371.1 }

El docto Nicodemo había leído esas precisas profecías con una mente anublada, pero ahora empezaba a comprender su verdadero significado, y a entender que, aun un hombre justo y honorable como era él, debía experimentar un nuevo nacimiento por medio de Jesucristo como la única condición sobre la cual pudiera ser salvado y tener asegurada una entrada en el reino de Dios. Jesús habló en forma absoluta, indicando que a menos que una persona nazca de nuevo, no puede percibir el reino que Cristo vino a establecer en la tierra. Una precisión rígida en obedecer la ley no le da derecho a nadie a entrar en el reino de los cielos. { SSJ 360.2; BLJ.371.2 }

Debe haber un nuevo nacimiento, una nueva mente mediante la operación del Espíritu de Dios que purifica la vida y ennoblece el carácter. Esta conexión con Dios habilita a los mortales para el glorioso reino de los cielos. Ningún invento humano puede encontrar nunca un remedio para el alma pecadora. Sólo por medio del arrepentimiento y la humillación, de una sumisión a los requerimientos divinos, puede llevarse a cabo la obra de la gracia. La iniquidad es tan ofensiva a la vista de Dios, a quien el pecador ha insultado y agraviado por tanto tiempo, que un arrepentimiento proporcional al carácter de los pecados cometidos a menudo produce una agonía de espíritu que es difícil de soportar. { SSJ 360.3; BLJ.371.3 }

Nada menos que una aceptación práctica y una aplicación de la verdad divina abre el reino de Dios a los seres humanos. Allí sólo puede entrar un corazón puro y humilde, obediente y amante, firme en la fe y en el servicio del Altísimo. Jesús también declaró que, “como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:14, 15... { SSJ 360.4; BLJ.371.4 }

La serpiente en el desierto fue levantada sobre un palo ante el pueblo, para que todos los que habían sido mordidos fatalmente por las serpientes ardientes pudieran mirar a esa serpiente de bronce, símbolo de Cristo, y ser sanados instantáneamente. Pero debían mirar con fe, o no les serviría de nada. De la misma manera la gente hoy debe mirar al Hijo del Hombre como su Salvador para tener la vida eterna. El pecado ha separado a la raza humana de Dios. Cristo trajo su divinidad a la tierra, velada por su humanidad, para rescatar a la raza de su condición perdida. La naturaleza humana es vil, y el carácter debe ser cambiado antes de que pueda armonizar con lo puro y santo en el reino inmortal de Dios. Esta transformación es el nuevo nacimiento.
—The Signs of the Times, 15 de noviembre de 1883. { SSJ 360.5; BLJ.371.5 }






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