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La vida abnegada de Cristo es nuestro libro de texto, 21 de Noviembre


Bueno es alabarte oh Jehová, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo; anunciar por la mañana tu misericordia, y tu fidelidad cada noche. Salmos 92:1, 2.{SSJ 332.1}

El cristianismo práctico significa trabajar junto con Dios cada día; trabajar por Cristo, no de vez en cuando, sino continuamente. Ser negligentes en revelar la justicia práctica en nuestra vida es una negación de nuestra fe y del poder de Dios. Dios está buscando un pueblo santificado, un pueblo puesto aparte para su servicio, un pueblo que va a escuchar y aceptar la invitación: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí”. Mateo 11:29.{SSJ 332.2}

¡Con qué fervor Cristo realizó la obra de nuestra salvación! ¡Qué devoción reveló su vida mientras procuraba dar estimación a la humanidad caída mediante la imputación de los méritos de su propia inmaculada justicia a cada pecador arrepentido y creyente! ¡Cuán incansablemente trabajó! En el templo y en la sinagoga, en las calles de las ciudades, en los mercados, en el taller, a la orilla del mar y entre las colinas predicó el evangelio y sanó a los enfermos. Dio todo de sí, con el fin de poder obrar el plan de la gracia redentora.{SSJ 332.3}

Cristo no estaba bajo obligación para realizar este gran sacrificio. Se prestó voluntariamente para sufrir el castigo del transgresor de su ley. Su amor era su única obligación, y sin una queja soportó cada tormento y recibió con regocijo cada ultraje, los cuales eran parte del plan de salvación. La de Cristo fue una vida de servicio abnegado, y su vida es nuestro libro de texto. Tenemos que continuar la obra que él comenzó.{SSJ 332.4}

Al contemplar su vida de trabajo y sacrificio, ¿vacilarán los que profesan su nombre en negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirlo? él se humilló a sí mismo hasta lo más profundo para que pudiéramos ser levantados a las alturas de la pureza, la santidad y la integridad. Se hizo pobre con el fin de poder llenar con la plenitud de sus riquezas nuestra mísera alma. Sufrió la cruz de vergüenza para que pudiera darnos paz, descanso y gozo y hacernos partícipes de las glorias de su trono.{SSJ 332.5}

¿No deberíamos apreciar el privilegio de trabajar para él, y estar ávidos de practicar la abnegación y el renunciamiento por Dios? ¿No deberíamos devolverle a Dios todo lo que él ha redimido, los afectos que ha purificado y el cuerpo que ha comprado para ser guardados en santificación y santidad?.
—The Review and Herald, 4 de abril de 1912. Ver también La Maravillosa Gracia, 174; En Lugares Celestiales, 45.{SSJ 332.6}






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