El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir
como conviene no lo sabemos, pero el Espíritu intercede por nosotros
con gemidos indecibles. Romanos 8:26. – {RP 28.1}
El Espíritu Santo formula toda oración sincera. Descubrí que en todas
mis intercesiones, interviene por mí y por cada uno de los santos. Su
mediación siempre estará fundamentada en la voluntad de Dios, y nunca
tendrá el propósito de avalar lo que está en contra de sus designios.
“El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad”. Romanos 8:26. Siendo
Dios, el Espíritu conoce la mente del Altísimo. Por lo tanto, en cada
oración, ya sea en favor de los enfermos u otras necesidades, la
voluntad de Dios ha de ser respetada. “¿Quién de los hombres sabe las
cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así
también nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”. 1
Corintios 2:11. – {RP 28.2}
Si deseamos ser enseñados por Dios, deberemos orar conforme a su
voluntad revelada, y estar dispuestos a someternos a sus designios,
porque los desconocemos. Cada súplica debe estar de acuerdo con los
deseos de Dios, confiando en su preciosa Palabra, y creyendo que
Cristo se dio a sí mismo por sus discípulos. El registro dice: “Y
habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.
Juan 20:22. – {RP 28.3}
Jesús está esperando soplar sobre todos sus discípulos con el
propósito de darles la inspiración santificada de su Espíritu y
transmitir a su pueblo su propia influencia vitalizadora. También
desea que entendamos la imposibilidad de servir a dos señores.
Nuestros intereses no pueden estar divididos. Cristo quiere vivir y
actuar por intermedio de las facultades y habilidades de sus agentes
humanos. La voluntad debe cooperar con la suya y actuar con su
Espíritu, puesto que ya no son ellos los que viven, sino Cristo en los
suyos. Jesús desea grabar en sus hijos la idea de que, al darles el
Espíritu Santo, les concede la misma gloria que el Padre le había
dado, para que él y su pueblo sean uno en Dios. Nuestros deseos y
nuestra voluntad deben estar sujetos a la suya, puesto que él es
justo, santo y bueno.—The Signs of the Times, 3 de octubre de 1892. –
{RP 28.4} – RP 28.1-4